sábado, 24 de octubre de 2009

EL MARQUES DE VADILLO

Entre las numerosas personalidades que han sido grandes devotos de la Virgen del Puerto destaca el excelentísimo Sr. D. Francisco Antonio de Salcedo y Aguirre, marqués de Vadillo, corregidor de Plasencia, Salamanca Madrid.
Dentro de los capítulos de la historia de Nuestra Señora del Puerto, creo oportuno añadir aquí un suceso prodigioso, que no desagradará a los lectores, y es como sigue:
En la villa y corte de Madrid, próximo al río Manzanares y sitio llamado Vadillo, tiene ermita Nuestra Señora del Puerto. El origen de ella dimana de que habiendo robado las alhajas que la Virgen tenía en su camarín de la ermita, dieron noticia al corregidor, que, a la sazón, era el señor don Francisco Antonio de Salcedo y Aguirre, marqués de Vadillo, del Consejo y Cámara de Indias, cuando precisamente se estaba afeitando, y fue tanto su sentimiento, que acto continuo hace voto de no volverse a afeitar y mudar de ropa hasta dar presos los ladrones. Para su consecución, toma noticias, apresurándose monta a caballo, llevando en su compañía sus criados, con los que anduvo varios pueblos, pero sin fruto. Cuando más desconfiado estaba del éxito, le viene al pensamiento entrar en el vecino reino de Portugal, con el fin de recorrer los pueblos de su frontera, pensamiento que puso por obra. A los pocos días de estar en él, llega a una majada de ovejas, y como fuese bastante molestado, pidió por favor al rabadán le permitiese hacer noche en su choza, a lo que accedió gustoso el pastor.
Serían las ocho de la noche, cuando se presentan cuatro paisanos, y, sin decir nada, se entran en él y toman asiento. Uno de ellos le miró y dice a sus tres compañeros: «Haced reparo a este hombre y diréis que es un vivo retrato del corregidor de Plasencia lo que oído por él, le contestó si le conocía, a lo que respondió que sí, y que por no caer en su poder, se había entrado en Portugal. El corregidor entonces le dijo: ¿Pues por qué huye usted de él?, a cuya pregunta respondió que por haber robado una friolera del camarín de Nuestra Señora del Puerto. Inmediatamente el corregidor hace señas a sus criados, los que toman las armas y la puerta e intiman se den presos. Los ladrones se intimidan, de cuyo azoramiento se vale el corregidor, y manda a un pastor los maniatase, la que ejecutó al momento y suplicó al rabadán que pasase a la población a dar parte a la autoridad para que le auxiliase, lo que sin demora hizo, y a su vuelta le acompañaban el juez de Fora y ocho soldados. Tan fuego como se presentaron, se declaró el corregidor al juez de Fora, a quien dio conocimiento del robo y le entregó los reos.

Lleno de júbilo, viendo cumplido su voto, con permiso de la autoridad y auxiliado por ella, se trajo en su compañía los ladrones, los que entró presos en esta real cárcel, donde permanecieron hasta que salieron para satisfacer su sacrílego hecho. Las alhajas fe perdieron, pues las habían ya vendido en Lisboa.
Luego que cumplió el tiempo de su corregimiento, pasó a Madrid de corregidor e intendente general de aquella villa y provincia, y con la ausencia aumentó la devoción a María Santísima en términos que no encontraba tranquilidad sin ver la Reina del Cielo. Últimamente llegó al extremo de hacerla ermita en dicho sitio de Vadillo, el año de 1725, colocando en ella su retrato y dotándola con profusión.
Nadie ha sintetizado mejor los méritos del marqués de Vadillo, a quien tanto deben Plasencia y Madrid, como el epitafio que cubre su sepulcro en la ermita madrileña de la Virgen del Puerto, que copiamos a continuación:
«Aquí yace el Sr. D. Francisco de Salcedo y Aguirre, Marqués de Vadillo, del Consejo de S. M. el Rey Supremo de Indias, Corregidor de Madrid”.
Fue este hombre grande, de aquellos a quienes echan de menos los mármoles y los bronces. Fue grande con Dios en la religión, con los Reyes en la fidelidad, con su Patria en el amor, con sus empleos en el desinterés; fue con sus amigos finos, atentos con sus superiores, urbanos y hombre de bien con todos. Gobernó 50 años en diversas ciudades de España. Las obras insignes que hizo, no caben en breve elogio. Ellas serán, lo serán de sí mismas, sin que jamás las pueda callar la fama, ni deslucir la envidia. Fundó, dotó y adorno a sus expensas esta ermita de María Santísima del Puerto, de quien fue igualmente devoto que favorecido. “Aquí está enterrado quien no debía haber nacido, o no debía haber muerto. Falleció a los 85 años en veinticuatro de junio, año mil setecientos y veintinueve. P. A. C. E. S. L. S. M. P.”
Debemos la trascripción de este epitafio a la amabilidad de nuestro fervoroso extremeño D. Gervasio Velo y Nieto, al que públicamente le testimoniamos nuestro reconocimiento.
De esta forma se estableció en la Villa y Corte el culto a la Santísima Virgen del Puerto, el 8 de septiembre de 1718, que ha proporcionado a Plasencia el señalado privilegio de ser la única población de España que tiene en Madrid Santuario a su Excelsa Patrona.
Fotos. Marques de Vadillo. y de momento el único recuerdo del Marqués que se encontraba colgadote la cruz en la fachada del Santuario. Reza así, Francisca Blanco . Antonio Salcedo. Orad e interpreto en el centro: "Hizo".

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miércoles, 14 de octubre de 2009

EL PUENTE ROMANO DE CAPARRA


Por el norte antes de llegar a Caparra, la vía de la Plata cruza el río Ambroz mediante un pequeño puente romano. Se conforma este de cuatro arcos, de los cuales solo los dos centrales pueden considerarse obra plenamente romana, de todas maneras el puente entero ha sufrido modificaciones, pues se encontraba bastante deteriorado, aunque mantenía sus servicios debiendo dar paso al camino que conduce al pantano Gabriel y Galán, efectuándose en el obras de acondicionamiento.
Su plataforma tuvo que ser ensanchada y, para ello, se desplazo el paramento de aguas abajo, mientras que el de aguas arriba permaneció en su lugar. Aparte de este ensanche, el puente se ha restaurado consolidándose los sillares con monteros y completándose parte de la fábrica que faltaba. Así el pretil, la cornisa y algunos sillares de las hiladas superiores que complementan los tímpanos son obra de nuestros días.
Se trata de un puente que no presenta particulares rasgos de definición, y que fue realizado sin excesivo esmero. Los arcos son de medio punto y las bóvedas parten de una hilada en saledizo que marca esta diferenciación de elementos.
Aguas arriba, uno de los tajamares de las pilas que entran dentro del cauce regular del río es triangular, y el otro, agudo también es trapezoide, siendo plano el paramento de aguas abajo. La obra se recubre de sillería granítica, dispuesta en hiladas algo irregular, debido al recorte desigual de los sillares. Las dovelas igualmente presentan diferencias, siendo notable el entrante de algunas de ellas en el campo de los tímpanos. Sobre todo, los dos arcos extremos, que han debido ser objeto de alguna transformación previa a las últimas obras, manifiestan una peor calidad de construcción.
Este puente constituye un elemento más de conjunto de la ruinas de Caparra.


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miércoles, 7 de octubre de 2009

EN PLASENCIA 1877 " INFORME DE LAS SIETE CENTURIAS"




Informe de Vicente Barrantes, sobre el libro de Las Siete Centurias, de Alejandro Matias.
"Honrado por esta ilustre Academia para emitir el informe que nos pide el señor Ministro de Fomento respecto á la obra Las siete centurias de la ciudad de Alfonso VIII, que publica en Plasencia el Sr. D. Alejandro Matías Gil, he examinado las entregas que han visto ya la luz pública y que bastan indudablemente para dar idea del plan del autor y de su mérito literario. Dedujese además el primero y con harta claridad de su propio título, pues agrupados por centurias los sucesos de que ha sido teatro aquella ciudad extremeña, claro es que el libro ha de revestir la forma de crónica, y aun de afectar la sencillez de los de este linaje. Así, con efecto, se lo propone el Sr. Matías Gil, y más de una vez sus páginas revelan el candor, la verdad y la sencillez, de los antiguos padres de nuestra historia nacional. En la agrupación de los sucesos, en su encadenamiento lógico y en la trabazón y contextura de las narraciones, no es tan hábil ciertamente, pues no forma capítulos, ni libros, ni divide las centurias en décadas, ni adopta, en fin, forma literaria constante, sino que encabezando á veces los párrafos con el año á que pertenecen ó con el suceso culminante que describe, antes da el carácter de apuntes que de libro formal á su obra. Verdad es que la escasez de noticias y la falta de sucesos dignos de la historia en algunas centurias, habrán sido parte en que el autor vacile mucho respecto á la forma literaria que había de adoptar, pues no ha de olvidarse que se trata de una ciudad obscura, excéntrica, y que sólo en ocasiones muy contadas, y casi siempre en relación con nuestras guerras civiles, ó con las de Portugal ha podido tener grande importancia. Sus linajes mismos, con ser de los primeros de España, y haber podido fácilmente elevarla á la altura que los Mendozas, por ejemplo, elevaron á Guadalajara, tuvieron que abandonar la ciudad por su posición excéntrica en el siglo XVI, cuando terminadas las luchas feudales buscaron los nobles en la administración y en la política campo á sus medros, empleo á su actividad. Así las centurias más interesantes de esta obra, más llenas de sucesos, más enlazadas con la historia general de nuestro país, son las cuatro primeras, en que se ve circular ardiente por aquel cuerpo municipal, hoy exánime, la noble sangre de los Monroyes, de los Almaraces, de los Carvajales, de los Villalvas, de los Vargas y de tantos próceres como hasta el reinado de los Reyes Católicos consumieron su esfuerzo dentro de los muros de Plasencia ó en empresas en que era su ciudad la mayor parte.
Con esto ya se ha dicho que la obra empieza en el siglo XII, prescindiendo de todas las fábulas con que los escritores corruptos del siglo XVII engalanaron los orígenes de la ciudad. Únicamente discute el autor á manera de prólogo su antigüedad romana, y no por sí propio, sino insertando á la letra una erudita disertación, que ya nos era conocida, en que D. Celso Monje, médico distinguido de Plasencia, pretende probar que andan errados los que la apellidan Ambracia, y Amba y Deóbriga, pues del mismo fuero de D. Alfonso y de otros datos históricos y geográficos, deduce que lo que allí había al fundarse la población cristiana, era un viso ó fortaleza, cuyo nombre de Ambroz perseveró en una torre de la nuevamente construida, y en otros sitios cercanos.
Aquel fuero de población juntamente con el municipal, ocupan las primeras páginas de la obra del Sr. Gil, aunque no con tanto detenimiento como el último en particular merece, juzgando por las escasas muestras que el mismo autor nos facilita, no mayores que las que dio Fr. Alonso Fernández en sus Anales de Plasencia, siendo así que el historiador moderno posee copia completa de él, é inserta el índice de sus materias más adelante al hablar de la confirmación que le otorgó D. Fernando el Emplazado. Reconoce, sin embargo, el Sr. Gil su importancia, encareciéndonos el espíritu democrático que presidió á la fundación y las novedades que introducía en el derecho de Castilla, al dar á las madres la patria potestad, ni más ni menos que hoy, al cabo de siete siglos, una legislación novísima lo establece, y nivelando á las clases sociales en tal manera, que los condes é infanzones que se avecindaran en la ciudad, habían de tener tales fueros y penas como los demás vecinos. También limitaba á dos solamente el número de los palacios que podían edificarse, uno para el Rey y otro para el Obispo, singularidad por cierto muy digna de reparo.
En cambio inserta íntegros el Sr. Gil documentos harto conocidos, como el de la fundación de la Diócesis. Verdad que de estas omisiones, ó por ligereza, ó por deseo de abreviar, se advierten algunas en su libro, que causan sentimiento, porque indudablemente está escrito con grande amor á la verdad y á la patria, y es resultado de prolijas y concienzudas investigaciones. A la página 47, por ejemplo, apunta la especie de que á los nobles placentinos y al Consejo de la ciudad, cuando asistieron á la conquista de la ciudad de Sevilla, les hizo en ella repartimientos don Fernando el Santo, y habiendo examinado este documento en el archivo de una casa ilustre, según dice, sólo breves renglones consagra á una noticia cuya importancia exigía mayor detención y detalle. No tardará en comprender el Sr. Gil, si continúa como debe y le aconsejamos, dedicando su talento á la historia de su provincia, de que es este libro tan plausible ensayo, no tardará en conocer que se halla casi entera esa historia en la genealogía y en la vida de los hombres célebres, por haber sido la raza extremeña eminentemente individualista, y por otras razones que holgarían en este lugar. Análogo sentimiento produce la ligereza de otras indicaciones que quizás pueden encerrar tesoros desconocidos de noticias literarias, como las de las cortes de amor en el siglo XV, y la del Fulano de Almaraz, abuelo de la famosa heroína de Salamanca Doña María la Brava, que llamaron en Plasencia por el mismo siglo El Convidado de Piedra. Desde que D. Manuel Cañete publicó su notable estudio sobre la tragedia Josefina de Micael de Carvajal, es notorio que Plasencia fue centro de un gran movimiento literario al salir de la Edad Media; pero todavía las indicaciones que el Sr. Gil hace en esta obra nos inspiran el deseo de más profunda investigación que las que han facilitado al Sr. Cañete los manuscritos de Gil González Dávila en esta Academia conservados. Un Convidado de Piedra en el siglo XV y tan cerca de Trujillo, donde se cree que pasó su juventud el maestro Tirso de Molina, quizás es fuente de peregrinos descubrimientos para los historiadores de nuestro teatro nacional.
Echase de ver por estas breves indicaciones que las Siete centurias de la historia de Plasencia que publica en aquella ciudad de Extremadura D. Alejandro Matías Gil, ofrecen verdadero interés histórico y literario, á pesar de algunos lunares de estilo y de plan, hijos probablemente de la inexperiencia del autor que parece nuevo en estos altos estudios".
Madrid 14 de Diciembre de 1877. -V. BARRANTES.

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