viernes, 5 de abril de 2013

EL PERDÍO.


EL PERDÍO.
En el año 1891 en el mes de Marzo, una mujer placentina muy pobre se dirigió al santuario de la Virgen del Puerto, acompañada de  un niño de cuatro años, hijo suyo, para visitar a una vieja sirvienta del Capellán de aquel entonces, prima suya, como tenía por costumbre porque el sacerdote siempre la socorría con los medios a su alcance que no eran mucho ciertamente.
Ya muy cerca de la ermita, la madre llamada Elvira Rivas, dijo al niño: Ve tu solito, y le dices a tu tía que yo llegaré pronto, pues voy a recoger unos espárragos. El niño se encaminó al Santuario, y su madre se dirigió hacia el monte para buscar lo que podía producirle algunas monedas de cobre con la venta de los espárragos silvestres, de los que hoy todavía abundan por esos lugares.
Pero el niño que era robusto y sano, como hijo de pobre, se atemorizó por ver unas vacas del Capellán que por allí pacían tranquilamente y corrió cerro arriba, sin parar hasta llegar a lo alto en un sitio denominado la “Cueva del Monje” entre canchales y maleza, que da vista a la Humbría, o sea al otro lado del cerro.
Al llegar la madre, pregunta a su parienta por el niño, y acongojada comprueba que ha desaparecido. Lo buscan afanosamente por las inmediaciones las dos mujeres acompañadas por el Capellán y no lo encuentran, fue esto a las tres de la tarde y ya de noche, en vista de sus infructuosas pesquisas, deciden venir a Plasencia para comunicárselo a las autoridades.
El Alcalde, por medio de pregones lo divulgaba por toda la población, y todos los hombres de Plasencia se dirigieron a los parajes del santuario, unos a caballos otros a pie, y el niño buscado afanosamente por todos los que lo buscaron, ni apareció. Por aquella época el monte de Valcorchero estaba lleno de zarzas y espinos y había gran cantidad de alimañas de todas clases, sobre todo lobos, los que hacían estragos en el ganado con frecuencia.
Dos días duró la búsqueda incansable de los placentinos sin resultados, descorazonados todos por creer, que el niño había sido devorado por los lobos; pero no se encontraron  huellas ni vestigios de sus pobres ropitas.

Por fin al atardecer del segundo día, fue encontrado por dos tíos suyos, dormido sobre un comedero de vacas formado por piedra y lleno de paja, que había sobre la pared de una corraliza que servía de herradero del ganado vacuno, situada a poca distancia de la cueva antes mencionada, lo que dista del Santuario cerca de unos dos kilómetros.
¿Cómo se explica esto?, se preguntaba Francisco Mirón al relatar este artículo publicado en el Regional en 1952. “El Perdio”, compañero de clase en la niñez, y a quién oyó muchas veces narrar la experiencia vivida en la escuela delante de sus compañeros y profesor. Los niños no miente, y lo que el recordaba con la escasa imaginación de su corta edad fue así: decía que sintiendo mucha hambre buscaba entre los zarzales el fruto de la zarza mora ya reseco, y que aprendió a recoger con su madre, y al verse entre la maleza, gritaba y lloraba llamando a su madre aterrorizado.
Más de pronto se acercó un anciano de barba blanca, vestido con la clásica anguarina (gabán de paño burdo y sin mangas que usaban los labradores en esa época). Decía que el anciano lo cogió llevándole al sitio antes indicado, acostándolo en aquella especie de cuna; y no recuerda más, pues se quedó dormido.
“El Perdio” había nacido en 1887, cuando se escribió este articulo tenía 65 años de edad, se le conocía en Plasencia por este apodo que desde entonces llevaba, y para él era como un titulo y ejecutoria de nobleza. Se llamaba Manuel Santos Rivas y fue un ferviente devoto de la Virgen del Puerto.
¿Como pudo subsistir sin comer ni beber tanto tiempo, y sobre todo soportar el frío de las noches de Marzo en aquellas alturas de la sierra. Las alimañas lo respetan…
¿Quién era el anciano que al encontrarle en aquellos  agrestes que al encontrarle en aquellos agrestes lugares lo traslada al sitio más confortable?, ¿ Por qué no notifico a nadie el hallazgo de la tierna criatura, abandonándolo al parecer a su suerte?. Es este un  misterio que el “Perdío” no se explicaba; es decir, creía que fue un milagro de la Virgen que lo protegió y lo mantuvo bajo su amparo hasta que se le encontró sin síntomas de agotamiento ni desmayo.
La madre del “Perdío”, loca de contenta con su hijo en los brazos, se lo ofreció a la Virgen del Puerto, entre lagrimas emotivas de los presentes.
Los donativos al niño fueron cuantiosos y aliviaron algo su pobreza. Pocos días más tarde el pueblo en masa acudió al Santuario donde se celebro una misa extraordinaria en acción de gracias. Fue un día grande en la Ciudad que recordamos a todos los devotos de la Virgen del Puerto nuestra Patrona, y a todos los placentinos.
Este episodio es rigurosamente cierto. Así se narra en los archivos del Santuario, y que hoy damos a conocer próximo a la romería del día 6 de Abril.
José Antonio Pajuelo Jiménez
A.C.P. “PEDRO DE TREJO”.  “SEMBRANDO INQUIETUDES”.




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