sábado, 9 de febrero de 2013

DATOS PARA LA HISTORIA IX. PLASENCIA 1926


LA GRAN FIESTA DE LA ENTREGA Y LA JURA DE BANDERA.
En las primeras horas de la mañana del viernes 5 de marzo de 1926, unas grandes camionetas arribaron a la Plaza “Reina Victoria”, atiborradas de tablas y tablones…
Poco después, unos laboriosos e inteligentes obreros empezaron a serrar y martillear sin reposo….La gente les contemplaba con un poco de asombro…Allí, metro en la mano y croquis ante la vista, había un director menudito y modesto, insignificante, acaso, para cualquier extraño…. Y, no obstante, se trataba de Julián Serrano…
¡Julián Serrano!.. Este hombre humilde, con su traje de luto y su gorrita cortés, este placentino eminente, de un talento colosal para cualquier empresa, este querido y admirado industrial que tanto honro a sus paisanos, se dispuso a levantar el altar y las tribunas para la graciosa fiesta proyectada…y gratuitamente! así como suena!...como si se tratase de pagar una sencilla copa de Anís del Mono.
En el Teatro Sequeira, el público ya estaba un poco nervioso. Se aproximaba el momento. Los semblantes reflejaban una extraordinaria animación. Se sabía de la llegada de ilustres representaciones; de la fiesta en proyecto…
En  la noche del citado viernes, a modo de iniciación y vanguardia, tuvo lugar en el teatro Sequeira, con un lleno rebosante, al función anunciada en honor al Excmo. Capitán General de la 7ª Región, Jefes y Oficiales y Soldados  del Batallón Gomera Hierro.
Se represento en primer término, la famosa comedia de los Quintero “El Nido” y en segundo lugar el famoso juguete cómico de Vital Aza “Ciencias Exactas”. Actuaron maravillosamente las señoritas Pepa Parrera, Dolores Benito, María Luisa Lumeras, Trinidad Andrada, Amelia Martínez, Lola Marques e Isabel Sequeira y los Señores D. Valentín Macías, D. Augusto Macías, D. Saturnino Casado, D. José Diez, etc.
Todas esta simpáticas y bellas señoritas y todos esto cultos y respetables caballeros realizaron una labor estupenda entre la admiración constante del numeroso público, hechizado  realmente ante tanta propiedad, arte e ingenio.
Para terminar el acto, no dejaremos de mencionar a todos los muchachos del Batallón con su admirable Director D. Julián S. Mayoral a la cabeza, entonaron magistralmente, dos veces consecutivas la Canción del Soldado entusiasmando al cónclave.
Llegada del Capitán General.
En la tarde del sábado, llegaron a Plasencia el Sr, Gobernador Civil D. José García Crespo y el Sr. Gobernador Militar de la Provincia D. José García Sevilla, este ultimo acompañado de su distinguida esposa Dª Sagrario de Dueñas.
A las siete llego en automóvil el Excmo. Sr. Capitán General de la Región, con sus ayudantes, siendo recibido en la plaza de la Reina Victoria por una compañía del Batallón, que le hizo  los honores al compás de la Marcha Real y entre un continuo estallar de petardos y cohetes. El gentío era importante… En la misma noche, la Banda del Batallón le hizo un homenaje ante su alojamiento, domicilio de la Sra. Madrina Dª María Morales de García Rodríguez Arias.

El día Grande.
Y amaneció el día grande, jamás se vio un día azul y tan hermoso, ni se respiro un aire primaveral, tan halagüeño y grato. Las tribunas ya estaban levantadas y adornadas con frisos multicolores, banderas y gallardetes- Los balcones cubiertos de telas de colores variadísimos. El gentío imponente, los forasteros innumerables, la ansiedad inmensa, el orden completo, este orden pasmoso que el buen pueblo placentino sabe reservar para tales casos, este orden pasmoso que le buen pueblo placentino sabe reservar para tales casos.
Cuando los balcones, ventanas y azoteas eran racimos humanos y hormigueros las tribunas y el altar, preciosamente dispuesto por las bellas damas era un prestigio de color, de belleza y armonía presidido por la Purísima Concepción, emblema augusto y maternal del Arma de Infantería, fuerte gallardo, uniforme, airoso y resonante desemboco por la calle Zapatería el Batallón Gomera-Hierro con sus veteranos y  reclutas y en vistoso y matemático movimiento se situó en lo alto de la Plaza, llevando enfrente a la bandera vieja, bendito y noble símbolo del honor, de la lealtad y del patriotismo de los que tantas veces contemplaron. Todo el mundo con muy rara excepción, se descubrió al paso. Muchos sintieron en el fondo del alma un poco de tristeza ante aquel sagrado paño que, como viejo y caduco de fecunda vida, iba a ceder su puesto a la eterna y briosa juventud, fragante primavera.
Poco a poco llegaron las Autoridades, el Prelado, el Capitán General, los Sres. Gobernadores Civil y Militar y el Sr. Alcalde… y al minuto La Madrina, ataviada con la clásica mantilla y con un gusto exquisito. Llegaba emocionada y sonriente, gentil y hermosa  de su bellísima Corte de honor, las heroínas de la fiesta,  Srtas. Adelaida Delgado, Concha Barona, María Luisa Lumeras, Trinidad Andrada, Soledad Andrada, Amelia Martínez, Lola Márquez, e Isabel Sequeira, monísimas, atrayentes, un poco ruborosas ante la magnitud del cuadro. Preciosas niñas que han ambulado días tras día, de casa en casa con un sereno y fuerte sentir patriótico, implorando entre sonrisas la dádiva generosa de sus paisanos; a sabiendas de que si el motivo no fuera excelso, su prestigio bastaría para el triunfo.
La Misa.
Oficiada por el Capellán del Batallón D. Hilario Gómez comenzó la misa ante un pueblo no acostumbrado a esta solemne ceremonia. A la hora magna de la eucaristía, resonaron los compases  de la Banda Militar y bajo aquel sol extremeño, ante tanto color, tanto respeto, tanta cordial ofrenda y multitud tan oprimida y ansiosa, producía una impresión de grandeza inenarrable. Las dos Banderas frente  a frente, como dos ensueños de pujante gloria, las notas del clarín  taladrando la piel de los sentires.
El escalofrío les crispaba, y el sacerdote elevando la Hostia Santa y todas las frentes como todas las armas se rendían.
 El Himno.
A continuación los niños de las escuelas públicas, llevando infinidad de gallardete y sus directores a la cabeza, cantaron primorosamente, al compas de la Banda del Batallón el conmovedor e inspirado himno a Plasencia.
La bendición y la despedida a la vieja insignia.
Acto seguido, el Ilmo. Prelado bendijo la nueva bandera solemnemente revestido. La noble insignia  se hallaba en manos del Sr. Alcalde que la entrego a la Madrina, colocándose frente a la vieja y entonces el digno Capitán leyó emocionado la siguiente y cordialísima despedida:
“”! Adiós ¡ ¡ Sacrosanta bandera, Emblema bendito del la Madre Patria! ¡Adiós!.
En el nombre de Dios, Creador de la Patria, a la cual representas; en el nombre del poder religioso que te bendijo; en representación del poder militar, a quien comunicaras valor, alivio y consuelo y finalmente, en nombre de todos los ciudadanos que a tu paso y vista se descubrieron inclinaron reverentes, pronuncio con dolor la oración de despedida: ¡Adiós Bandera!.
Envejecida, quedaras en lugar retirado, más siempre digno y seguro. Un Museo o una sala de estandartes de un Cuartel, Casa predilecta de la Patria, será el lugar de tu reposo. Impregnada como estas de aroma que exhalan los objetos religiosos, ni serás destruida ni sufrirás menoscabo. Seguirás siendo el objeto predilecto de las hondas ternuras de nuestra alma.
Pronunciada esta despedida, llena de efluvios de amor, fue retirada la venerable insignia con toda solemnidad al Ayuntamiento, destocándose a su paso, justo es decirlo todas las cabezas.
Discurso de la Madrina.
De la mano del Sr. Alcalde recibió la madrina la nueva bandera y entonces la distinguida dama, que tan merecida y notablemente ha ejercido su patriótica misión, leyó el siguiente discurso, que por su propia sinceridad, altezas de miras,, impecable corrección y entrañable patriotismo, nos dispensas de todo comentario:
“ La representación que ostento en este acto solemnísimo, que constituye para mi un verdadero honor que agradezco a la comisión organizadora, me obliga, al haceros entrega de la enseña de la Patria, que con el mayor entusiasmo y por suscripción popular os dona este día la Ciudad de Plasencia, a manifestaros, haciéndome interprete de los sentimientos de los donantes y en especial de toda mujer placentina, que nunca agradeceremos bastante el hecho de que nuestro Augusto Monarca, primer soldado español, espejo de valientes y modelo de caballeros, se halla dignado a aceptar nuestra ofrenda, para poder orgullece nos legítimamente desde el día de hoy, sabiendo que los pliegues de la bandera, en los que van nuestro amor de madres y cariño de esposas, han de cobijar y defender en todo momento a los soldados de nuestro Batallón querido.
Abrigamos la seguridad más completa de que, como soldados de la Patria, no necesitáis de acicate para defender esta bandera; puesto que vuestra dignidad y vuestro honor siempre estuvieron a su lado, como descendientes de aquellos héroes que constituyeron nuestra nacionalidad e hicieron de este suelo el modelo de los estados cristianos; como hermanos y parte integrante que sois de los que tan altos están poniendo con sus heroísmos el nombre de España en los campos de África, en lucha enconada contra los enemigos de la religión y de la Patria.
 Pero si algún aliento necesitáis en vuestras empresas, contad con que las mujeres que os hacen esta entrega como españolas que son, cuyo sinónimo es el de las mujeres católicas, siempre os admiran; porque  no desconocen que una de las mayores virtudes, que como todas vienen del cielo, es el verdadero amor patrio; porque no se les oculta que nacisteis al pie de la Cruz que clavo Pelayo sobre los riscos de Covadonga, que vuestro primer nombre fue el de soldados cristianos y que a  los ojos de Dios la sangre vertida en defensa de la Patria, tiñe la purpura real que han de vestir los héroes en el cielo.
Únicamente os pedimos en este momento en que vais a recibir la que es ya vuestra bandera que conscientemente y con todo corazón griten conmigo; Viva España, Viva el rey, Viva el Ejercito.
Respuesta del Sr. Teniente Coronel.
“El pueblo de Plasencia da  en este solemne momento una prueba de su cariño al Ejercito regalando esta esplendida Bandera  que lo guarnece y yo, en su nombre hago publico nuestro agradecimiento.
Pero no se conforma con el mero hecho de regalarla, con ser grandioso por lo que significa la unión de un Pueblo con su Ejército, sino para dar el máximo realce al acto, elige a unas de sus hijas como Madrina, el símbolo de la grandeza, en su historia en sus virtudes, el de la belleza de la campiña y del cielo en su rostro.
Me ha cabido la honra de ser el primer Jefe desde que el Batallón vive entre vosotros  y es, aseguro que, el cuartel que nos aloja es y será siempre, no solo un centro de enseñanzas militares, sino también de virtudes cívicas que bien pronto se dejaran sentir en toda esta simpática comarca; porque están cimentadas en una férrea disciplina y un santo amor a la Patria y a la Bandera.
Ante todo el pueblo como testigo, reiteramos nuestro Juramento de defender esta Bandera hasta perder la vida, y si en alguna ocasión la Patria necesitase de nuestro concurso, os prometo que esta preciosa Enseña, se vería rodeada de una aureola de gloria digna del Pueblo que la regala. ¡Viva España!,! Viva el Pueblo placentino!.
Discurso del Sr. Gobernador Civil.
El digno Jefe del Batallón, recibida la bandera, la entrego al Abanderado Teniente  D. Francisco Ausin  y dirigiéndose a la tropa, pronunció la arenga reglamentaria y poco después de los vítores entusiastas de los soldados y publico, a su voz cortada y marcial se hizo una descarga qué resonó en los oídos como un presagio venturoso.
Ante el altar y frente al público pronunció un brillante discurso alabando a las glorias de España. Su cálida frase, llena de ardor y vida, caía sobre nuestro espíritu alentador y noble, avivando los entusiasmos ante el oportuno glosario de patrióticas estrofas. Honró al ejército y a la patria con gran elocuencia y tuvo para el pueblo placentino y para su historia conceptos de una elevación insuperable.
La Jura y el desfile.
Colocada la bandera en su puesto y pronunciadas las frases reglamentarias por el Sr. Comandante Mayor y el Sr. Capellán, se verifico el acto de la jura de bandera y la espada del Jefe y después tornaron a desfilar correctísimos,  de dos en dos, bajo la seda amarillo y roja que brillaba entonces ante el sol con todo su prestigio.
Habla  el Capitán General.
Se dirigió  a la tropa y pronunció su breve discurso paternal y patriótico. “Ante la generosidad de este honrado pueblo os pido y mando que respetéis como caballeros a sus nobles hijas y tratéis a sus hijos como hermanos, puesto que unas y otros, os ha recibido con el alma abierta y finalmente han rematado su proverbial cortesía, con la donación de esa bandera que ha de ser en lo sucesivo símbolo perenne de vuestras glorias. Elogió con efusivas frases al querido Jefe D. José Zabala (2), presentándole como modelo  de militares activos y pundonorosos y refrendando su sinceridad le dio un cordial abrazo ante la tropa que irrumpió en entusiastas vítores.
El Desfile.
Y a continuación el desfile grandioso, rítmico, incomparable. Una voz de mando y con un solo hombre para acatarla, se desgranó uniformemente la masa y antes las  emocionantes exclamaciones de la muchedumbre. Las notas del airoso pasodoble, el estallar de las bombas y el murmullo de una brisa perfumada, allá desapareció la santa insignia con sus hijos a la retaguardia, o mejor dicho con los soldados y todo el pueblo de Plasencia.
Festejo y comida de la tropa.
Ya en el cuartel la madrina siempre sonriente y sus damas y todas las autoridades, hubo un convite en el Cuarto de Banderas rumboso en extremo se comió de todo y se bebió  de todo, como en el día "de marras". Satisfecha la víscera,  acudieron al comedor de la tropa vistosamente engalanado.
El menú de la tropa fue el siguiente: sopas de menudillos, merluza a la española, ternera a la jardinera y ensalada rusa. No faltaron los puros, coñac
La becerrada.
El lleno fue rebosante, como jamás se había visto, parte por el entusiasmo patriótico y parte por el altruismo de los empresarios. Se lidio en primer término un becerrete peludo y cobardón que dio motivo a un charlots  simpático para entretener al público. Fue muerto sin pena ni gloria por el soldado Julio Hernández.
El segundo era formidable para el menester que se pretendía. El primer espada, un poco resentido por el primer tropiezo, tuvo que renunciar a extender la partida de defunción y en vista de ello, nuestro paisano antes dicho, tomó los arreos, le largo cuatro pases de trinchera...militar, catorce y medio molinetes, seis de rabo a rabo, uno natural, otro contra natura, y por fin le dio en la medula y el becerro pego un bote y renunció a la vida.
La fiesta rumbosa
Empezó al amanecer en el magnífico domicilio de D. Francisco Morales y Dª Sofía de la Calle padres de la Madrina.
Al acto concurrieron  el Excmo. Capitán General, el Ilustrísimo Prelado, los Excmo. Sres., Gobernador Civil y Militar de la Provincia, la comisión organizadora, todas nuestras autoridades y numerosos amigos particulares. En total más de ochenta comensales.
Cortesía, elegancia, cordialidad, buen gusto y esplendidez fueron las constantes notas que imperaron.
Se sirvió el té en tres amplios salones adornados con todos los refinamientos y comodidades inimaginables.
En la gran mesa principal hubo dos presidencias. Una la  del Ilmo. Prelado que tenia a la derecha a la Sra. del Capitán General y Sr. Gobernador Civil y a su izquierda a Dª Sagrario de Dueñas de G. Sevilla y Sr. Teniente Coronel del Batallón D. José Zabala.
La otra Presidencia la del Excelentísimo Sr. Capitán General, a su derecha la Madrina Dº María Morales de G. Rodríguez Arias, y Sr. Alcalde José Martín Torés y a su izquierda Sra. del Teniente Coronel y Comandante D. Enrique Salas.
En los restantes salones se hallaba repartida la mocedad con directores de banda sabiamente colocados para el caso. Se sirvieron con una abundancia propia dulces finos, sándwiches, medianoches, fiambres variados y exquisitos vinos de todas las marcas, prevaleciendo el Jerez, el Málaga y superando todo el Champagne ese néctar para alegrar la vida hasta a las del las personas abstemias, café, licores, habanos.
La distinguida familia de Francisco Morales, D. Rafael  G. Rodríguez Arias y su esposa, la Madrina incitaban entre sonrisas y finezas, el trato fraternal era idéntico para todos…!jamás una copa vacía!...En una palabra, se hermanaron la más  cumplida corrección con júbilo justificado.
Brindaron al final el Prelado, el Capitán General, el Gobernador Civil y el Sr. Teniente Coronel y, al requerimiento de todos pronunció un breve discurso, culto y admirado Juez de Instrucción de Plasencia D. Felipe Uribarri. Su fama de orador conocida y pregonada, se consolidó en tal hora de un modo  definitivo. Enalteció a Plasencia manifestando que hoy han descollado, como siempre ,sus dos sentimientos sociales: la religiosidad y el patriotismo, los dos grandes resortes de la moral verdadera y cívica. Se mostro orgulloso  de ejercer el cargo en este pueblo, tan caballero, tan efusivo y tan noble y tan leal de tan augustas tradiciones. Elogia a cuantos habían intervenido a la grandiosa escena especialmente a la Madrina Dª María Morales de G. Rodríguez Arias.
Dirigiéndose al ejército en frases de elocuencias y sinceridad insuperables, dijo que todos se debían de orgullecer  de él, porque ha sido grande en sus victorias y más todavía en sus derrotas. Terminó dando vítores a España. A Plasencia y al Ejército.
Por fin acabo el acto y desde aquel punto y hora los elogios merecidos, la plena justicia ante tan gallarda muestra de cariño a Plasencia y a su Batallón, han volado de boca en boca para que sirva de satisfacción imperecedera a la distinguida dama que entregó con sus blancas manos, en una hora de sol prometedor la bendita enseña de la patria.
OTROS DETALLES.
Hemos de ofrecer  a la consideración a todos los placentinos, para que su gratitud perdure, la labor intensa continua y entusiasta de la brillante Banda del Batallón que, dirigida con acierto insuperable por su digno Director D. Julián Sánchez Mayoral ha lanzo al viento sus vibrantes notas durante dos días y a todas horas…Jamás la pericia y la fortaleza se pusieron a prueba como en esta ocasión memorable. Vino a Plasencia destinado a este Batallón en 1926, compuso el Himno del Batallón de Cazadores de Montaña la Gomera-Hierro, con letra de D. Pedro Sánchez Ocaña, que hace alusión al lema relacionado con la ciudad de Plasencia, “El Pueblo agradable al Hombre y a Dios”.
Estando en Plasencia publicó un artículo en el “Boletín Musical” de Córdoba, analizando el mal estado en que se mostraban las bandas musicales en el aspecto organizativo y artístico, y haciendo propuestas para mejorarla, algunas de las cuales se llevaron a la práctica posteriormente.
En la noche del domingo hubo bailes muy concurridos en el “Circulo Placentino “y en el” Nuevo Club” como remate del día.
Por parte de los Jefes y Oficiales, tomaron el acuerdo de regalar a la Sra. Madrina una hermosa placa de plata con inscripción alusiva, al Ayuntamiento un artístico pergamino evocador de su actuación admirable y a D. José Diez, organizador de la obra, alma de la empresa que tanto se ha afanado hasta el momento del triunfo, un reloj de oro con el nombre del Batallón y la fecha memorable.
Las hermosas y distinguidas señoritas que han formado parte con el Sr Diez la comisión organizadora, se las felicito por su perseverancia  y por su gran éxito. Merecedor se hizo también a esta gratitud a D. Pedro Sequeira, que ofreció gratuitamente su Teatro para la representación del viernes anterior a la fiesta, así como también lo hizo para la función inicial que se organizó para recaudar fondos con destino a la bandera donada.
La Bandera vieja del Batallón, fue trasladada al museo de Armas de Infantería existente en Toledo.

José Antonio Pajuelo Jimenez. 
A.C.P."PEDRO DE TREJO"
                                              "SEMBRANDO INQUIETUDES"   












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